jueves, 2 de junio de 2016






¿POR QUÉ NO DESAPARECEN LAS NACIONES?

Alfonso Vila Francés.



¿Vaya pregunta, no? Pues porque no quieren desaparecer, eso para empezar. ¿Y por qué no quieren desaparecer? Bueno, bueno, esto ya es más difícil de responder. Vamos a ver qué ha pasado en Europa. Vamos a ver qué ha pasado en Europa desde que Ernest Renan pronunciara su famoso discurso en La Sorbona en 1882 y dijera esto:

Las naciones no son algo eterno. Han tenido un inicio y tendrán un final. Probablemente, la confederación europea las reemplazará. Pero no es ésta la ley del siglo en que vivimos. En la hora presente, la existencia de las naciones es buena, incluso necesaria. Su existencia es la garantía de la libertad que se perdería si el mundo no tuviese más que una ley y un amo.

A mí me hace mucha gracia eso de “la confederación europea las reemplazará”. Por eso me planteo resumir un poco la historia de Europa en los siglos XIX y XX, para ver porqué esas naciones Europas, que no son algo eterno, se resisten a desaparecer. Por qué no ha llegado aún (y no se sabe si llegará nunca) esa “confederación europea” de la que hablaba Renan hace más de un siglo.

¿Qué es una nación? Ese fue el título de su discurso. Para Renan las naciones, en su época, eran útiles, buenas. Pero su mundo y el muestro no son lo mismo. Y sin embargo nadie se plantea realmente una confederación europea. A todo lo más que se ha llegado es a la Unión Europea, que se creó como una unión estrictamente económica, y desde el Tratado de Roma hasta el Tratado de Maastrich (lo que implica más de 30 años) fue básicamente eso, un acuerdo económico. Sí, luego viene la unión política y social. Y ahí empiezan los problemas. Y luego viene la crisis y algunos países se empiezan a preguntar seriamente si la cosa no ha llegado demasiado lejos y hay que volver a donde estábamos, es decir romper la unión y volver a la plena independencia. Sin entrar en polémicas… ¿Hasta qué punto un país está dispuesto a renunciar a parte de su soberanía?

Ahora tenemos el Brexit y yo no sé que pasará. Pero lo que me interesa es analizar cómo hemos llegado hasta ahí. De dónde partíamos y dónde estamos. Por tanto toca hablar del gran demonio del siglo XIX: Napoleón.

Napoleón era como Atila pero en versión algo más moderna. Qué fuera o no fuera revolucionario es lo de menos: se cargó el mapa europeo. Como un tornado que lo barre todo y no deja ni una casa en pie. Cuando por fin acaban con esa bestia atea, ese demonio maligno, los reyes absolutistas, sensatos ellos, se ponen de acuerdo para volver a montar el puzzle. Claro está, de paso, hacen algunos cambios. Y el resultado les gusta mucho. Del Congreso de Viena se pasa a la “Santa Alianza”. Luego vienen los ingleses, que parece que pasan por ahí de casualidad pero son los que cortan el bacalao y se montan varios acuerdos más: la “Cuádruple alianza” y la “Quíntuple Alianza”, y ya tenemos la cosa atada y bien atada. Los absolutistas recuperan lo perdido y se hacen fuertes

Salta la alarma en España, unos liberales muy puñeteros quieren que Fernando VII acepte la Constitución del 12. Eso está muy feo pero se soluciona rápido: un ejército francés entra en España y sin ningún problema espanta a los liberales malos y vuelve a poner al rey bueno. Y todos se vuelven a sus casas tan tranquilos. Fernando VII le coge gusto a pedir ayuda y quiere que sus amigotes absolutistas le ayuden con otros rebeldes puñeteros: los criollos americanos. Estos no son tan liberales como puede parecer, pero una rebelión en las colonias es una cosa muy fea. El zar ruso no quiere que el ejemplo americano se pueda extender a otras partes y está dispuesto a prestarle ayuda. Y ahí se empieza a ver porque son los ingleses los que realmente cortan el bacalao en la Europa del XIX. A los ingleses les viene bien la independencia de Hispanoamérica. Y por tanto vetan cualquier intento de ayuda a Fernando VII. Y asunto cerrado. No se habla más del tema.

El bloque absolutista aguanta la oleada revolucionaria de 1820 sin problemas. Pero en 1830, con la segunda oleada revolucionaria, la cosa cambia. Bélgica por su cuenta decide separarse de Holanda y curiosamente nadie se lo impide. En Francia Carlos X se pasa de listo en su intento de volver a implantar el absolutismo y pierde la corona. Hay que decir que él no era “estrictamente” un rey absoluto, puesto que tenía que mantener la “carta otorgada” de Luis XVIII.

Peor será la oleada revolucionaria de 1848, la última de todas. 1848 es la muerte del absolutismo en Europa Occidental. Pero 1848 también es la victoria del nacionalismo.
Y son cosas distintas, pero liberalismo y nacionalismo formarán la nueva Europa, una Europa ni prevista ni deseada en el Congreso de Viena.
Vamos por partes…

Hay un asunto que tapa a los demás: las reivindicaciones sociales. 1848 es el año del “Manifiesto Comunista”. En Francia los burgueses y el pueblo no van juntos, ahora luchan a muerte entre ellos. Donde aún quedaba absolutismo los reyes, incapaces de frenar la sublevación, tienen que empezar a dar constituciones y a establecer parlamentos (luego, si pueden, darán marcha atrás y volverán al absolutismo, pero será una agónica lucha por mantener un sistema que ya está muerto). Y, por debajo de todo, es el año del inicio de los dos grandes movimientos nacionalistas europeos: el nacionalismo italiano y el nacionalismo alemán.
En Italia el rey Carlos Alberto, que gobierna en Piamonte-Cerdeña, declara la guerra a los austriacos. La pierde y tiene que abdicar a favor de su hijo Víctor Manuel. Carlos Alberto ha firmando una auténtica constitución, el “Estatuto Albertino”, en plena oleada revolucionaria, y eso ya no cambia. Su hijo será un rey constitucional, parlamentario, que además de liberal será el encargado de consumar la unificación italiana. Al mismo tiempo en Frankfurt nace un parlamento, un parlamento popular y espontáneo, fruto de la rebelión burguesa-liberal. Recordemos que el territorio alemán se llama entonces “Confederación germánica”. Esa confederación se creó después del paso de Napoleón y en realidad no tenía ninguna unión: era un montón de pequeños estados independientes, que presidía Austria y donde destacaba el reino de Prusia. Hasta el parlamento de Frankfurt el único intento de unión había sido económico: el llamado “Zollverein”, que implicó la supresión de las aduanas y que, y no es un dato anecdótico, dejaba fuera a Austria. El parlamento de Frankfurt fracasa porque el rey de Prusia no quiere aceptar la corona. Los revolucionarios le proponen ser rey de una futura Alemania, pero él es un rey absolutista y no puede aceptar que el poder se lo dé el pueblo. Al final Prusia será la que unifique el país, pero desde arriba, desde el poder, y ya no será un poder absolutista porque el rey de Prusia al final también tendrá que dar una constitución, pero sí será un poder autoritario, porque esta constitución da poco poder al pueblo y le reserva mucho poder al rey. Para que Prusia unifique Alemania tendrán que suceder tres guerras, la guerra contra Dinamarca en 1864, la guerra contra Austria en 1866 y la guerra contra Francia en 1870. Ese año, 1870, es también el año de la unificación italiana: no es ninguna casualidad.

Resumiendo, el nacionalismo empieza mal. En 1848 los italianos pierden contra los austriacos y el pueblo alemán no encuentra rey para su nuevo estado. Vale, no pasa nada. Los problemas iniciales no frenarán el proceso. Al contrario, desde ese fracaso inicial ya todo serán victorias. Aquí aparecen dos políticos fundamentales, dos hombres muy inteligentes, muy astutos y muy pragmáticos: Cavour y Bismarck.

Cavour es el ministro de Víctor Manuel II. Logra que el emperador francés entre en guerra para atacar juntos a los austriacos, a los que vencen en Magenta y Solferino. Resultado: La Lombardía pasa de manos austriacas a manos italianas. Luego se las apaña para que Francia haga la vista gorda con los ducados centrales italianos, que se anexionan al reino de Piamonte-Cerdeña, y que también haga la vista gorda cuando Víctor Manuel envía a Garibaldi a conquistar el reino borbón de las Dos Sicilias. Estamos ya en 1850 y ya sólo queda el centro de Italia, los Estados Vaticanos. Pero ahí la unificación se frena porque el emperador francés apoya al Papa. Para que Napoleón III le dejara hacer, Cavour le había cedido las regiones de Saboya y Niza, que pasan a ser francesas. Pero con el Papa no se puede hacer nada. Es intocable. Y para que quede claro los franceses mandan un ejército a Roma y no lo retirarán hasta 1870. ¿Y qué pasa en 1870? Pues que entran en guerra con Prusia y son derrotados. Napoleón III cae y se acaba el Segundo Imperio Francés. Tiene que retirar a los soldados de Roma y eso lo aprovechan los italianos. Antes, en 1866, también han aprovechado la derrota Austriaca a manos de Prusia para quitarles el Véneto, otra de las regiones del Norte que pertenecían a Austria. Ahora por fin pueden entrar el Roma. El Papa, indefenso, se cabrea mucho, pero no puede hacer nada. Italia ya es un país.

Y Alemania también, claro. Porque ahora ya no es Prusia, ahora ya es Alemania. Y no un país cualquiera: es el Segundo Imperio Alemán. El mapa de Europa ha cambiado mucho desde 1815. Pero en Europa Oriental los cambios son mínimos. Polonia, por ejemplo, sigue controlada por los rusos. Ya he dicho que los ingleses parece que no pinten nada, que no se enteren de nada, que pasen de todo (son los años del “espléndido aislamiento”, de la “Inglaterra Victoriana”), pero de eso nada. Se enteran de lo que se tienen que enterar. A veces actúan para que algo cambie, a veces actúan para que algo no cambie. Los belgas pueden ser independientes. Los polacos ni hablar. No hay que tocar las narices a los rusos. A no ser que haga falta, porque entonces sí que se las tocan, ¡y bien tocadas! Tenemos dos ejemplos muy claros: la Guerra de Crimea (1854-56) y el Congreso de Berlín y la revisión del Tratado de San Estefano (1878). Los ingleses quieren un Imperio Otomano débil, pero no un Imperio Otomano muerto. Ayudan a los griegos a ser independientes (y luego les imponen un rey absoluto y extranjero), pero no piensan consentir que los rusos machaquen a los turcos. Saben que los turcos son los únicos que separan a los rusos del Mediterráneo. Por eso envían un ejército al Mar Negro y convencen a los franceses para que hagan lo mismo. Y cuando no apoyan a los turcos con las armas, los apoyan con la diplomacia, obligando al ganador a revocar un tratado de paz que no les conviene.

Si queréis estudiar la historia de los tratados de paz en el mundo en el siglo XIX, tenéis que saber que siempre tienen una cláusula secreta: “con permiso de los ingleses”. A los japoneses les pasa lo mismo contra los chinos (y eso que los propios ingleses ya habían dado dos palizas a los chinos con las “guerras del opio”, pero aquí también vale lo de los turcos: débiles pero no muertos). También es lo que hacen con la guerra de España contra el sultán marroquí de 1859-1860 (donde, por cierto, el bueno de Prim vuelve a desenvainar la espada, que las Cortes ya le empezaban a aburrir y una buena batalla te rejuvenece mucho). Esta guerra fue una victoria rotunda de los españoles, pero a los ingleses no les pareció bien y tuvimos que devolver Tetuán al Sultán.  

Volvamos a los Balcanes. Allí se pegan los rusos con los turcos, pero hay otros interesados. Los austriacos también quieren una salida al mediterráneo. Consiguen que les dejen meter mano en Bosnia, con permiso inglés, claro, porque era una parte del Imperio Otomano, al menos en teoría. Y allí seguirán, primero como “protectores” y luego como “anexionadores” (desde 1908), hasta que los Serbios empiecen la gran traca y uno de los cohetes vaya a caer inesperadamente en el centro del gran polvorín que entre unos y otros han ido formando durante muchos años. Ya se sabe: si vas amontonando cajas de dinamita en el patio trasero, lo mismo el día menos pensado te explotan.

La explosión provocará, claro está, la Primera Guerra Mundial. Y esa guerra será el final de los imperios que quedaban en Europa. El imperio turco ya estaba medio muerto y ya casi no era Europeo, pero seguía teniendo la capital en este lado del Bósforo. El Segundo Imperio Alemán duró poco. Los ingleses no podían permitir que el Kaiser Guillermo II quisiera meterse en el asunto del colonialismo. El Imperio Austrohúngaro era un superviviente. Algo muy extraño: había aguantado bastante bien el terremoto del 48. Es cierto que el emperador tuvo que firmar una constitución y tuvo que dar derechos a los campesinos y tuvo que pelear contra los nacionalistas checos y húngaros, pero la cuestión es que aguantó. Y luego, después de la derrota contra los prusianos en Sadowa en el 66 también lo volvió a pasar mal, pero el imperio aguantó. Simplemente le hicieron un buen lavado de cara: se convirtió en una monarquía dual, donde el rey de Austria también era rey de Hungría y donde los húngaros tenían su propio parlamento. Por lo demás era un imperio autoritario y muy conservador, lo más cercano al absolutismo sin ser absolutismo.

Y luego está el más absolutista de todos, el que no se había enterado de nada, el que sí vivía realmente en un “espléndido aislamiento”, el que era tan poderoso que no se conformaba con tener todo el poder político, también quería tener el poder religioso (y lo tenía). El Zar ruso controlaba los cuerpos y controlaba las almas, y no sabía que el absolutismo y la teocracia ya no existían en el resto del continente. Alejando II quiso reformar su país, y empezó aboliendo la servidumbre en 1861. No era mala idea, aunque en toda Europa Occidental la habían abolido muchos años antes. Por desgracia las reformas no llegaron más lejos. Y luego incluso se volvió hacia atrás. Se quiso frenar cualquier cambio político o social. Nicolás II no se quiso enterar que él ya no era un zar absolutista, que ya no podía serlo, que nunca más iba a serlo, y como no se quiso enterar acabó acribillado en un sótano.

Pero antes de eso las tierras de Europa iban a volver a sufrir otro tornado, y el tornado barrió unas fronteras y creó otras fronteras. El tratado de Brest-Litovsk hizo que en el Este aparecieran un montón de países nuevos. Y un año año después, en 1919, el  Tratado de Versalles y los otros tratados del final de la guerra (como el de Trianon, el de Saint-German, etc.) hicieron los mismo en el centro de Europa. Salieron países nuevos, países que ya habían sido nación, como Polonia y Hungría, y salieron países que no tenían ningún pasado, que no tenían ninguna historia común, que eran totalmente nuevos y artificiales, como Yugoslavia. En estos casos siempre hay pueblos que se pierden en el jaleo, que se quedan parados en medio de ninguna parte, pueblos de los que nadie se acuerda o a los que nadie pregunta. Los líos de fronteras traen líos de familias. De repente había unos húngaros que eran rumanos, unos croatas, unos eslovenos y unos bosnios que tenían que estar con los serbios, quisieran o no, unos rusos que ya no eran rusos, unos turcos que tenían que ser griegos por narices, unos alemanes que ya no eran alemanes y unos franceses que habían sido alemanes y ahora volvían a ser franceses. Y así podíamos seguir unas cuantas líneas más…

Tuvo que venir un americano, un señor que era presidente, a tratar de poner un poco de orden en el gallinero. Wilson se plantó en medio del barrullo y soltó sus “Catorce puntos”, pero sólo le hicieron caso a medias. ¿Bélgica? Sí, con Bélgica no hay nunca ningún problema. ¿Respeto al principio de nacionalidad? ¡Uy! Me parece que eso habrá que explicarlo mejor. Que no está muy claro ese principio para que “nacionalidades” vale y para que “nacionalidades” no vale. En todos los tratados que los vencedores imponen a los vencidos hay siempre “revanchismo”. En el tratado de Versalles había una dosis casi insoportable de revanchismo, y eso era porque los franceses recordaban muy bien la guerra franco-prusiana y la derrota de Sedán. El mismo Bismarck ya se había dado cuenta. Se había pasado con los franceses. Por eso quiso hacer sus “sistemas Bismarckinanos”, que no pretendían otra cosa que tener controlada a Francia para que no pudiera vengarse nunca. Pero con la llegada al poder de Guillerno II, Bismack deja de ser canciller. Y sus sistemas de alianzas se olvidan. Para empeorar las cosas Guillerno II apoya descaradamente a los austriacos y cabrea a los ingleses y a los rusos. Con eso se va preparando la guerra. Europa se llena de montones de cajas de explosivos. ¿El “polvorín de los Balcanes”? ¿Qué os creéis, qué sólo había uno? ¿Y qué pasa con la “Italia irredenta”, por ejemplo? ¿Y qué pasa con el “corredor de Danzig”?, ¿Y con los Sudetes? ¿Y con la Alta Silesia y Pomerania? La Segunda Guerra Mundial contestaría a estas preguntas. Pero provocaría otras preguntas, como pasa siempre. Los pecados de los abuelos serán siempre la tumba de los nietos.

Las naciones no son algo eterno. Han tenido un inicio y tendrán un final, dijo alguien una vez…




(Versión digital del artículo del mismo nombre publicado en la revista Jot Down, nº 15, en papel)




























lunes, 14 de marzo de 2016





COMO CADA JUEVES

                                  



Como cada jueves, Sebastián contempló a su padre desde la vieja caseta del guardabarreras. Su mujer llevaba fuera varios meses y su ausencia se delataba en las arrugas de su uniforme, que habían proliferado en las perneras y las mangas con la misma impunidad con que sus cabellos se enredaban en su cabeza y su barba se espesaba en sus mejillas. Lo vio moverse por el andén con impaciencia. Lo vio parado frente a su oficina, con los ojos fijos en la vieja y sucia esfera del reloj de la estación. Lo vio acercarse al cambio de agujas, con su reloj de bolsillo en la mano, mirándolo detenidamente, guardándolo con gesto contrariado en el bolsillo de la chaqueta y sacándolo con violencia para mirarlo con mayor fijeza aún durante unos segundos para después, con una rabia apenas contenida, volver a hacerlo desparecer en su bolsillo. El reloj funcionaba correctamente. Y el reloj de la estación, a pesar del tiempo y la falta de cuidado, también funcionaba correctamente. Era lo único que funcionaba correctamente en aquella estación, tal y como pensó Sebastián mientras espiaba a su padre. Los relojes sirven dar cuenta del naufragio, se dijo, para dejar constancia de cómo todo se hunde a su alrededor… Sebastián estaba impaciente. Y respiró tan aliviado como su padre, cuando desde el fondo del valle, rompiendo la paz de la tarde invernal, resonó un primer pitido.
El tren iba a llegar. Su padre se colocó la gorra y, con un gesto automático, se retocó los largos mechones, se palpó el uniforme y se miró los zapatos.  Todavía faltaban unos minutos para que el mercancías de Federico, el último tren del día, asomara su negro hocico por la boca de un oscuro túnel y, resoplando como un caballo exhausto, cubriera los últimos metros de la larga rampa al final de la cual encontraría como única recompensa el desolado andén y los mustios álamos de la estación. Sebastián aún tenía tiempo. Podía, si quería, permanecer observando a su padre un rato más. Aquel día lo había visto en numerosos lugares y en las más diversas posturas, pero era allí, en el centro de un andén solitario, con la mirada fija en los montes cercanos, cuando más patente se hacía su abandono, su derrota, su soledad. Bastaba una simple mirada para ver que ese hombre ya no luchaba. Sebastián era joven, pero su juventud  nunca había estado reñida con el don de la observación. Desde pequeño había sido un niño callado, pero no ausente. Él no hablaba ni se hacía notar, pero nada o casi nada se escapaba de su atención. Su padre podía conservar ciertos hábitos, podía mantener cierta dignidad en sus palabras, pero su aspecto no mentía. Todo él, desde sus pies hasta su cabello, trasmitía una sensación de dejadez, una dejadez evidente en el aseo y el vestuario que en otros tiempos le hubiera procurado una amonestación verbal, o quizá algo peor, por parte del inspector de zona, pero que en la actualidad, dado el abandono que sufría la estación entera, era improbable que le causara perjuicio alguno. ¿Quién iba a preocuparse –se preguntaba Sebastián con ironía– por unas cuantas arrugas, cuando las paredes del vestíbulo estaban llenas de desconchados y de manchas de humedad? ¿Quién se fijaría en un matojo de pelos hirsutos cuando una marea de hierbajos subía desde las traviesas hasta el andén amenazando con anegar los rieles, las traviesas, las palancas, las señales, todo ese montón de hierros medio inútiles y oxidados?
–Sabes… –murmuró sin volverse, por un instante había olvidado que no estaba solo–, a veces pienso que mi padre, en el fondo…
Un segundo pitido le hizo desviar la mirada. La brusca irrupción de una locomotora, pitando, jadeando, lanzando gruesos jirones de humo negro, era algo que Sebastián nunca podía dejar de admirar. Ya podía estar estudiando o haciendo alguna tediosa tarea doméstica o paseando por la vereda o leyendo una novela de aventuras de Julio Verne o buscando algún desdichado insecto que acabaría sus días fosilizado en una oscura caja de zapatos: tan pronto como escuchaba el pitido de tren giraba de inmediato la cabeza. Esas máquinas vetustas, grasientas, esos vagones austeros, incómodos, formaban parte de su vida. Había crecido con ellos y si un día desaparecían, si realmente desaparecían, seguirían estando atados a él a través del hilo de la memoria, tan tenue y resistente como la seda de la araña. Una de esas maquinas le había llevado a la ciudad un verano ya casi olvidado. Una de esos trenes había traído a Miriam. Uno de esos vagones se había llevado a su madre. Sebastián tenía más recuerdos referidos a esos trenes que a cualquier otra cosa. Algunos niños juegan en las eras o en los pastizales. Otros juegan en los patios o en los talleres. Sebastián jugaba en la estación. Y respecto al futuro, a ese futuro brumoso y lejano que imaginan los niños, soñaba, como no podía de otro modo, con ser maquinista. Y su padre, que alentaba los sueños del niño, siempre aprovechaba cualquier oportunidad para subirlo a un tren (a pesar de las protestas de su madre), de manera que el tren era su manera natural de gastar el tiempo, de conocer los lugares que le rodeaban, de ver el mundo, el mundo que se extendía más allá de la sierra... El día que los perros no ladraran, el día que los pájaros no levantaran el vuelo de pronto, el día que los ojos de los hombres dejaran de escrutar la lejanía en busca de un furioso chorro de humo, el mundo, el mundo que él había conocido, habría dejado de existir.
Y Sebastián lo sabía. Lo sabía como, quisiera o no, conocía qué preguntas, qué dudas, qué miedos le rondaban a su padre por la cabeza en cada instante. Lo sabía del mismo modo que sabía qué pensaba mientras esperaba con impaciencia la llegada del tren, y qué le diría a Federico una vez se encontraran el uno frente al otro. Lo sabía como sabía que una vez que el último vagón se perdiera entre los árboles, entre esa maraña espesa de troncos, ramas y hojas que cerraba el horizonte, su padre volvería a su triste despacho, a continuar con su informe, ese informe redentor y exacto que pensaba remitir al director de la compañía con la esperanza de que fuera leído por éste. Sebastián conocía ese informe de memoria. Su padre se lo había mostrado en muchas ocasiones. Además, cada vez que iba con él al pueblo y algún aldeano le insinuaba, con ese tono entre resignado y cínico de los que están acostumbrados a las desgracias, a perder lo poco que tienen, a que la Historia, la Historia con mayúscula, la de los libros, se escriba sin contar con ellos, que se fuera buscando otro trabajo, éste le respondía irritado que al ferrocarril le quedaba mucha vida por delante; y siempre, siempre, acababa mencionando alguno de los párrafos de su informe, unos párrafos densos y sucios, rebosantes de datos esclarecedores, precisos, irrefutables. Por eso le resultaba tan fácil, mientras lo observaba en silencio desde la pequeña ventana de la caseta del guardabarreras, imaginar hacia donde desembocaban sus pensamientos: el estrecho y húmedo túnel de Los Huesos, o el esbelto y ya herrumbroso puente metálico que salva el río que da nombre al valle, o uno de los muchos desmontes que cortan temerariamente la recia piel de la sierra, allí había volado la imaginación de su padre; y allí permanecía, atrapada por el miedo, como cada día a estas horas.
No siempre había sido así, desde luego. Cuando él era niño los trenes iban y venían a todas horas. Los pasajeros llenaban los andenes y vagones y las vías y las locomotoras estaban en perfecto estado. Pero las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Hoy casi todo el mundo tenía automóvil, y, por si esto no fuera suficientemente grave, las fuertes lluvias de hace dos años destruyeron la vía por varios puntos. Entonces se hicieron los arreglos indispensables, con la promesa de hacer una remodelación completa de la línea en los próximos meses. Pero era mentira. Los accionistas no querían saber nada de nuevos gastos, se decía incluso (Sebastián en persona se lo había escuchado decir a un compañero de escuela, hijo de un contable de la compañía) que estaban esperando que el puente o el túnel se vinieran abajo, para así tener una buena excusa para cerrar un ferrocarril que hacía una década que había dejado de ser rentable.
¿Era eso cierto? ¿Era un rumor infundado? Lo creyese o no, Sebastián estaba al tanto de todo. No confesaría sus temores por nada del mundo, pero no podía dejar de pensar en ellos. Todos los días lo hacía. Y aquel jueves no iba a ser una excepción…
Miriam estaba allí, como cada jueves. Había llegado puntual y tan callada como siempre. “Lo bueno de ella era que te puede entender con mirarte a los ojos y lo malo de ella es que parece que no tiene el menor interés en ti”, había escrito Sebastián una noche en su diario, en la época en la que pensó que escribir un diario secreto le ayudaría a entender mejor lo que pasaba. Ahora su diario estaba guardado en el fondo de un arcón y Sebastián ya no esperaba entender nada. Continuaba amándola. Sus citas eran monótonas e inevitables y Sebastián las aceptaba como aceptaba todo lo demás, la soledad, el silencio, el temor… ¿Por qué lo hacía? No lo sabía. Podía dar muchas razones, pero ninguna era buena. Tal vez aún esperaba que sucediera algo, algo… una especie de milagro… Tal vez…
Aquel jueves Sebastián estaba nervioso. Federico se había retrasado más de la cuenta. Y ahora tenían poco tiempo…. Pero Sebastián no se decidía a empezar. Miraba a su padre y permanecía inmóvil, olvidándose por completo de ella. Y Miriam acabó por impacientarse…
 –Vamos, que no tenemos todo el tiempo del mundo… ¿A qué esperas? –le recriminó.
Miriam no solía exigir nada. Su trabajo consistía en dejar hacer y no protestar. Sebastián no era inocente. Sabía qué nombre recibían en el pueblo las mujeres como ella. Miriam era joven, era hermosa, pero entre ellos no podría existir otra cosa que eso, que lo que Sebastián obtenía cada jueves durante diez minutos. Y aunque lo obtenía gratis, sin pagar por ello, sin pagar en otra cosa que en reproches silenciosos y en breves arrebatos nocturnos, Sebastián no se consideraba mejor que los otros, los que sí pagaban, los que limpiaban su conciencia con unas sucias monedas… Hacía meses que aquello sucedía invariablemente, y en todo ese tiempo Sebastián nunca le había preguntado a Miriam porqué seguía visitándolo, ni se había confesado a sí mismo que tal vez él, en el fondo, en lo más hondo de su ser, esperaba otra cosa de ella. Y mejor que no lo hiciera… Porque si esperaba algo, estaba claro que aquello no iba a pasar… ¿O sí? ¿O Sebastián hacía mal permaneciendo en silencio? Los adultos actúan, los niños sueñan, pensaba Sebastian. Pero cada día la realidad le iba demostrando que aquello no era así, que la vida no era un tejido uniforme y monocromático, sino que tenía pliegues inesperados, que tenía manchas oscuras y extrañas, que tenía imprevistos abismos insalvables…
Como sus reproches. Como esas palabras que Sebastián acababa de escuchar y que, sin saber porqué le irritaron profundamente, como el peor de los insultos. Y pese a todo, a pesar de sus sorpresa y su irritación, aquellas palabras, aquellas simples palabras triviales y sensatas no pudieron rescatarlo del pozo de sus pensamientos, de ese lugar hondo y lóbrego donde su mente lo había llevado en un momento y de donde tal vez pasarían horas antes de que pudiera salir…
Y horas era precisamente lo que no tenían. Porque mientras Sebastián estaba perdido en su inmenso espacio interior, ese espacio sin dolor ni deseo, y mientras Miriam esperaba en su pequeña y desapacible realidad, el mundo continuaba su curso, y el mundo, en aquella tarde de jueves, era ese tren, ese mercancías que había aparecido –una sombra alargada y fantasmal– por detrás de la caseta y que, tras un rugido agónico, se había detenido en la destartalada estación. Ese tren marcaba el comienzo y el final de todo su amor condensado. De su amor o su deseo o su angustia, qué Sebastián ya no sabía qué era lo que sentía por ella, lo qué sentía por ella cuando era capaz de sentir algo, pues aquella tarde, aquel jueves todo le parecía extrañamente irreal, como si lo que estaba viendo, como si lo que estaba oyendo, no fuera algo que llegaba a sus ojos y a sus oídos desde la realidad misma sino que proviniera de otro lugar, de un mundo dentro de este mundo, de una realidad oculta debajo de la realidad inmediata, del mismo modo que una casa puede tener un sótano y ese sótano puede esconder otro sótano, o tal vez de esa misma realidad pero de otro tiempo, de un tiempo pasado o de un tiempo futuro, de un tiempo que parecía el tiempo actual, que era en todo igual al tiempo actual, pero que Sebastian no percibía como el tiempo actual, sino como una imitación, como un simulacro, como una mentira.
¿Acaso era todo una mentira? ¿Una representación? ¿Una farsa? No. Sebastián sabía que no. El problema no era el mundo: el problema era él.  Era él quien no era capaz de sumergirse en la realidad, era él quien estaba atrapado, inmovilizado por sus pensamientos. Y mientras el tiempo pasaba y Miriam se desnudaba lentamente, ofreciéndole la visión de sus pechos pequeños y redondos, sus pechos curtidos y aún esbeltos, con la leve esperanza de hacerle volver a la vida, como quien quiere despertar a un enfermo largo tiempo convaleciente.
¿Dónde estaba perdido Sebastián? ¿Hasta dónde había llegado para que los recursos de Miriam resultaran totalmente contraproducentes? Sebastian la miraba sin verla. O la miraba sin querer verla. Miriam ya no sabía que pensar. Ella lo conocía bien. Sabía que debía concederle tiempo. Que debía esperar a que él se venciera a sí mismo. Que no debía por nada del mundo entrometerse en su combate a muerte. Aquello era una cosa entre él y su conciencia. Entre él y su rencor. Y ella no podía hacer otra cosa que esperar…
Sebastián volvería en sí. Despertaría de su letargo corporal y la amaría torpemente, dulcemente, tristemente…. Y entonces podía olvidar. Olvidar las maldiciones y los escupitajos de Federico. Tan pronto como la chimenea dejaba de soltar humo, el curtido maquinista sacaba de su ancho bolsillo su paquete de tabaco de mascar. Sebastián observaba su rito con una incierta nostalgia. Desde niño había visto escupir tabaco a ese hombre basto y cariñoso. Pero nunca se había atrevido a pedirle. Ahora le venía una idea siniestra a la cabeza: Pronto nadie mascará tabaco en la estación. Y Sebastián deseaba pedirle tabaco. Tampoco nadie contará chistes malos, pensaba a continuación. Y Sebastián recordaba ahora a Tomas, el fogonero, que siempre contaba unos chistes malísimos, tan malos que antes le enfadaban porque pensaba que trataba de tomarle el pelo y ahora le hacían sonreír con ternura, y con dolor.... Y quería olvidar… Quería olvidar con todas sus fuerzas. Quería cerrar los ojos y que al abrirlos sus recuerdos hubiesen desaparecido. Quedarse con la mente vacía. Sin memoria. Olvidarlo todo. Olvidar los chistes sin gracia de Tomás. Olvidar las maldiciones y blasfemias de Federico. Olvidar que era jueves. Olvidar los delirios y el malhumor de su padre. Olvidar, sobretodo, aunque nunca hablara de ello, la huida de su madre. Porque Sebastián sabía, como todos en el pueblo, que su madre no iba a volver. Nadie decía nada delante de su padre, ni Sebastián tampoco, pero todos sabían que la señora Andrea se había ido para siempre. Y Sebastián, aunque odiaba a su madre por eso, sabía bien que no podía reprochárselo. ¿Acaso no haría él lo mismo en cuanto pudiera? Si su madre enviara una carta, un mensaje, una señal… ¿no se iría con ella sin pensarlo? Sebastián pensaba en eso muchas veces. Se imaginaba cómo sería vivir en la ciudad. Ya tenía edad suficiente para empezar a pensar qué quería hacer con su vida. Pero aquel era un trabajo que siempre dejaba para otro día.
Normalmente los jueves eran días extraños. Sebastián esperaba ansioso la llegada de Miriam. Luego, cuando se metía en la cama por la noche, pensaba en lo que había hecho y en lo que no había dicho, y se sentía alegre, aliviado, triste y agotado, todo a la vez, y era una sensación nueva, un indicio de que algo estaba cambiando en su vida, aunque realmente no sabía decir qué esperaba de aquellos cambios.
Aquel jueves era distinto. Sebastián no podía detener su mente. Sus pensamientos se sucedían sin control, como relámpagos simultáneos rasgando la noche, como figuras negras avanzando en una larga comitiva silenciosa… Miraba las paredes, el techo, el suelo… Todos los jueves se encontraban allí, a pocos metros de su padre, en la caseta abandonada y cochambrosa, llena de escombros y suciedad. Pero era como si nunca hasta ese día hubiera visto aquel sitio. Ese lugar que ahora le parecía tan desolado… ¡Vaya un sitio para un encuentro!, se decía para sus adentros, Vaya sitio para un beso, para una caricia… Luego, al notar el frío contacto de los dedos de Miriam en su nuca, no se volvía para darle un pellizco, o para tocar su piel desnuda, indefensa, y fría, fría como la nieve, como el cristal en la noche del invierno, como el raíl blanquecino al amanecer. No se movía de su sitio, ni alargaba la mano, ni siquiera musitaba alguna excusa… Y Miriam estaba cada vez más confundida, pensando qué tal vez lo mejor sería marcharse y volver otro jueves. O tal vez nunca…
Sin embargo, aunque Miriam no lo había advertido, algo había cambiado en él. Ella seguía insistiendo. Sus dedos fríos se hundían bajo su camisa, le estremecían con su contacto gélido, y Sebastián, aún perdido en sus pensamientos, pensaba ahora en ella. Pensaba en ella de otro modo, sin embargo. Pensaba en ella como nunca había pensado que se pudiera pensar en ella. Ya no era su piel, su cuerpo, sus ojos, su risa, lo que le llamaba la atención. Era lo que hacían, el hecho concreto, lo que ocurría entre él y ella, entre su cuerpo y el de ella, entre su corazón y el de ella, eso era lo que le interesaba ahora a Sebastian… Y lo demás le resultaba tan indiferente como el conocido paisaje del valle o como las palabras sin esperanza de sus compañeros de la escuela. Eso es crecer…, se dijo de pronto. Eso es lo que se llama ser adulto… Quitar la mascara a la realidad, y ver las cosas como son, nos guste o no, sin poder remediarlo… Ahora miraba a su alrededor y todo eran preguntas, preguntas que nadie iba a pronunciar en voz alta, preguntas que se acabarían pudriendo como se pudren las hojas en el suelo, preguntas que se esconden como se esconde el anillo de aquella a quien no pudimos amar.
Y mientras tanto Miriam esperaba, paciente, inmóvil, hierática. Un nuevo pitido retumbó en el valle. El pitido asustó a Sebastián y lo hizo volver a la realidad. El tren estaba a punto de partir. Sebastián comprendió de pronto lo que eso significaba y en ese preciso momento Miriam aprovechó para susurrarle al oído algo que Sebastian no quiso entender, pero que no pudo evitar oír. Era su consigna, la señal que sus manos estaban esperando. Se volvió lentamente hacia ella y la miró. Miriam se separó la camisa y le sonrió. Sebastián bajo sus ojos. Sus pechos desnudos comenzaban a adquirir una tonalidad levemente morada: era la mano voraz del invierno que se abalanzaba sobre ellos como el más impaciente de sus amantes. Sin pensárselo, poseído por un súbito furor, la arrinconó contra la pared, la rodeó entre sus brazos, la atrajo con fuerza contra su cuerpo y la besó con rabia, con dolor, con angustia… Y después, separándose de pronto de ella, violentamente, salió de la caseta y echó a correr hacia las vías.
–Sebastián. ¡Sebastián! –gritó Miriam.
Y contempló horrorizada como su grito se perdía bajo las enormes ruedas de la máquina, como era ahogado por el estrépito del metal y el vapor, por la pesada respiración de la bestia, por su apetito insaciable…




(Relato perteneciente al libro "La vida mientras tanto", ed. Groenlandia, 2011. Foto del autor)




viernes, 4 de marzo de 2016





(...)

La segunda frase, la que ahora me interesa, es una frase que nunca he escrito, que nunca he contado a nadie, que siempre he guardado para mí. Me la dijo una madrugada, en pleno invierno, una madrugada muy dura que había precedido a una noche muy dura y que muy posiblemente iba a ser seguida por otro día igual de duro que el anterior. Yo no quería que saliera de la cama, estábamos calientes bajo un montón de mantas, todas las mantas que habíamos podido conseguir. Hacía mucho frío. Teníamos hambre. Teníamos que levantarnos y empezar a trabajar. Él quería irse. No quería estar conmigo. Yo sabía que la cama se quedaría muy fría en cuanto él se levantara. Tenía un frío espantoso. Un frío que no podía quitar ni las mantas ni la hoguera ni el calor de su cuerpo contra el mío. Un frío en el corazón y un frío en la parte interior de mi piel. Como el suelo helado de Siberia. Puede parecer que no hay hielo. Pero el hielo está debajo. Muy cerca de la superficie. Yan me miró y dijo: “Prefería que estuvieras conmigo por dinero que por amor”.
Intenté hacer una broma. Era un esfuerzo sobrehumano. Pero en esos días cualquier cosa era un esfuerzo sobrehumano.
–Pero Yan, si tú no tienes ni un duro…
Yan captó el tono de broma pero no dijo nada. Se empezó a levantar, muy lentamente. Intentando salir de la cama sin destaparme.
Sabía lo que quería decir esa frase y sabía que Yan no iba a parar ahí. Tenía que hacer más daño. No había más remedio.
Me di la vuelta. Yan se puso las botas de montaña y el abrigo. Pensé que iba a irse sin decir nada más y que eso significaba que tendríamos unas horas de tregua. Pero yo. Ya estaba casi en la puerta cuando se dio la vuelta y caminó hasta los pies de la cama.
–Por dinero o por cualquier cosa. Pero no por amor…
Sí, el amor es horrible. No porque no sea maravilloso. No porque no pueda ser maravilloso. Pero todo esto, lo maravilloso que es, ha sido o puede ser, todo esto te acaba llevando al infierno. Porque todo esto te acaba llevando a la humillación, a la decepción más profunda, a la miseria de la traición y la maldad, a la traición dolorosa de todo lo que juraste que nunca traicionarías y a la maldad más mezquina que hay, la maldad de hacerse daño a uno mismo para hacer daño a los demás y la maldad de hacer daño a los demás para hacerse daño a uno mismo.
Yan no pensaba en mi pasado. Se podía pensar que, conociendo cual había sido mi historial sentimental hasta ese momento, quería evitar que cayera en el mismo pozo. Yan tampoco hablaba de su pasado. Ese pasado del que yo casi no sabía nada. Yan hablaba de nuestro futuro. Un futuro que él aceptaba como algo inevitable. Tan inevitable como la enfermedad y la muerte.

(...)


("El diario perdido de K.", extracto, novela inédita)