sábado, 18 de abril de 2026

 


CIELOS CON NUBES, CALLES CON HISTORIA











Siempre he vivido en calles de poetas. En Valencia he tenido y tengo dos casas. La de mis padres y la mía. Y las dos están en calles con nombres de poetas. Pero yo no nací en Valencia. Oficialmente, según mi documentación, nací en Rocafort, un pueblo situado a muy pocos kilómetros de Valencia. Allí viví hasta los 4 años. Y luego no he vuelto nunca. Sin embargo sé, porque me lo contó mi padre, que allí vivíamos en la misma calle donde estaba la casa en la que Antonio Machado pasó unos meses en plena Guerra Civil, antes de su huida definitiva a Francia.

Hace años viví en una ciudad de la provincia de Alicante. ¿Y dónde fui a parar? Pues a la avenida Miguel Hernández. Otro poeta. Por lo demás siempre he vivido rodeado de libros. Entre gente que apreciaba la cultura. Eso va dejando su poso, su huella. ¿Soy escritor por ese motivo? Algo tendrá que ver, desde luego.

Cultura… Y también historia. Mi padre nació en la Torre de Canals, que toma su nombre de la torre señorial de la familia Borja. Allí nació Calixo III, el primer papa Borja (los famosos “Borgia”, con el apellido italianizado, que a pesar de su leyenda negra fueron los introductores del arte renancentista en España). Mi madre nació muy cerca, en Játiva, cuna de Alejando VI, el segundo papa Borja (el papa que con las “Bulas inter caetera” permitió a los Reyes Católicos la colonización de América). Játiva es una ciudad muy culta, muy señorial, muy rica que tuvo muy mala suerte. Luchó en el bando de los Austrias, en la guerra que ganaron los borbones. Y lo pagó con su incendio y destrucción después de la derrota en la Batalla de Almansa de 1707. Incluso tuvo que sufrir la humillación de ser privada de su propio nombre. Los vencedores le cambiaron el nombre por San Felipe, puesto que el candidato borbón era Felipe de Anjou, que luego fue Felipe V. 

La ciudad resurgió de sus cenizas (literalmente) pero aún hoy el apodo de sus habitantes es “socarrats”, que en valenciano significa “quemados”. La historia ni se olvida ni se quiere olvidar.

Luego le tocó vivir otras guerras, como las carlistas, donde tuvo relativa suerte, pero llegó la Guerra Civil y le tocó (y también quiso estar) en el bando republicano. Fue bombardeada por la aviación fascista y le tocó perder otra guerra. Esa guerra me pilla más cerca y por eso mi abuelo me contaba historias de cuando se fue a luchar al frente de Teruel, donde vivió una de las batallas más duras de la guerra. Mi abuelo pudo volver a casa y la historia de mi familia es la que es. Si una bala se hubiera cruzado en su camino yo no estaría ahora aquí.

Cultura, historia… ¿Qué falta? Paisaje. El paisaje de la infancia. El paisaje de la adolescencia. El paisaje que me ha acompañado toda mi vida. Yo me he criado entre naranjos y pinos, siempre entre el mar y la montaña, bajo cielos inmensamente despejados y azules y atardeceres espléndidos, atardeceres tan llenos de color y de serenidad que parecen irreales, atardeceres que a mí me recuerdan los cuadros renacentistas y barrocos, sobre todo los de los pintores venecianos. Esas cosas marcan. Esas cosas dejan su poso, su huella honda. 

Los veranos los pasaba en el campo, pero luego volvía a las calles de Valencia. A mis calles conocidas y no siempre amadas, porque uno no acepta un destino que le parece un castigo, y por eso escapa cuando puede y tarda muchos años en regresar. Pero regresa, regresa a su ciudad, regresa a las calles de su infancia y juventud. Y luego se vuelve a marchar, porque la vida es caprichosa, pero ya sabe que siempre regresará a su ciudad, a la que contemplará a ratos como un extranjero, con la que al final hará las paces, a la que acabará aceptando como su lugar natural en el mundo. Y al final acaba escribiendo poemas y fotografiando cielos con nubes y calles con historia. Por algo será…










(Este texto es un adelanto del libro "Volver a la ciudad como un extraño", inédito, con fecha de publicación prevista para 2027)



lunes, 6 de abril de 2026

 


DÍAS DE VERANO EN EL PÁRAMO...

















... Decía Sergio del Molino que se ha idealizado mucho la vida rural y que esa es una de las causas del fracaso del movimiento neo-rural. Lo de “fracaso” es relativo. Volviendo a Tiermes hay que decir que sólo el hotel y el restaurante ya dan trabajo a algunos jóvenes. Pero curiosamente, me ha pasado muchas veces en sitios parecidos, la mayoría de los empleados son extranjeros. Y no tengo nada contra los extranjeros, por supuesto, no haría falta ni decirlo, pero uno se pregunta dónde están y dónde trabajan los jóvenes de la zona. Sin embargo al pasar por el pueblo veo que hay parada de autobuses y eso es nuevo: cuando yo fui por primera vez no había servicio de autobús. Uno tenía que buscarse la vida para llegar allí como podía. Si han puesto servicio de autobús es que hay demanda suficiente para mantener una línea de autobús. Y esto no es una tontería: hace ya años se habló de suprimir la única línea de ferrocarril que aún queda en la provincia de Soria, la línea que conecta con Madrid. Si este plan hubiera prosperado (y no prosperó por la oposición de los sorianos), Soria hubiera sido la primera provincia de España en quedarse sin ferrocarril. 

Y hablando de ferrocarril uno piensa en lo que siempre se dice: que la llegada del ferrocarril traía el progreso, el capitalismo, la industrialización, los nuevos tiempos que iban a poner fin al atraso español. Pues no, parece que aquí no: parece que aquí el ferrocarril sólo sirvió para vaciar los pueblos, para que las gentes de la zona se montaran en un vagón para no volver nunca. Aquí el tren era siempre un tren de ida, o al menos esa es la impresión que uno tiene. Y ahora, una vez vaciados los pueblos, ya ni hay tren. 

(...)


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https://www.jotdown.es/2016/08/dias-verano-paramo-castillos-del-duero/






















































martes, 20 de enero de 2026

 


EL FIN DE UNA AMISTAD



Apareció un mendigo en mi calle. El mendigo anterior había desaparecido y el puesto se había quedado vacante. El di un euro y me sonrió amablemente. Al día siguiente pasó lo mismo, pero aún no me reconocía. Eso cambió a partir del tercer día, que fue el día que empezó verdaderamente nuestra relación. Nada más asomarme por la esquina ya me estaba esperando, sonriendo y levantando la mano. Todo fue bien durante un tiempo, pero un día resultó que no llevaba dinero. Él me miró enfadado y me ordenó que al día siguiente le diera dos euros. Desde entonces me aseguré de llevar dos euros sueltos en la cartera. Vinieron días tranquilos pero otro día, de repente, me miró con desprecio. Me asusté. Él vio el terror y el desconcierto en mis ojos y me dijo, antes incluso que yo me atreviera a preguntar: “mire usted, es que la vida está muy cara, creo que lo mejor serían tres euros…”. No me pareció una propuesta demasiado ambiciosa y acepté gustoso, con tal de volver a verle sonreír. 


Durante un tiempo todo fue normal. Yo le daba el dinero y él me daba los buenos días, o alguna que otra palabra amable. Se notaba que estaba contento conmigo. Hasta que un día, no sé cómo, resultó que no llevaba suficiente dinero en la cartera. Me miró con honda decepción. Era increíble: había vuelto a dejarlo tirado. Tenía todo el derecho del mundo a enfadarse… Desde aquel desastre me aseguré tenazmente de llevar cinco euros en monedas, que siempre las prefería a los billetes, porque como me confesó un día “le gustaba que el dinero pesara en su bolsillo”.


Los días se sucedían tranquilamente hasta que una tarde, en una conversación casual con un amigo, descubrí que mi amigo solo pagaba dos euros a su mendigo. “¿Y eso desde cuándo?”. Le pregunté, extrañado. “Desde siempre”. Su respuesta me dejó patidifuso. “¿Cómo? ¿No te lo ha subido nunca?”. No me lo podía creer… Mi amigo se ofreció a presentarme a su mendigo. “Si te convence puedes dejar al tuyo y compartimos el mío”. Me pareció una oferta tentadora, aunque inmediatamente rehusé. No, yo no podía hacer eso a mi mendigo, con el que ya tenía una relación tan larga. Yo no era de esa clase de desalmados que van por ahí cambiando de mendigo como si tal cosa. No… No podía ser…


Pese a todo acepté ir a ver a su mendigo. “Solo por curiosidad” me dije. Los dos primeros minutos todo fue bien. Una charla agradable. Aceptó mis dos euros sonriendo, pero luego pasó algo terrible. Algo que lo cambió todo: me pidió un cigarro. Naturalmente me ofendí todo lo que una persona decente se puede ofender. “¡Un cigarro”, “¡pero cómo se atreve!”. Mi amigo también estaba indignado. No se esperaba eso de su mendigo. ¡Vaya desfachatez!


“Deberías dejarlo inmediatamente. Te puedes venir a mi calle. Allí puedes estar seguro de que no te pasará esto”, le dije. Se lo pensó un momento, pero declinó mi ofrecimiento. “No puedo abandonarlo, se lo tomaría muy mal”. Sí, le entendía bien. Nos despedimos amablemente y ahí acabó nuestra amistad.



martes, 13 de enero de 2026

 








EL RESPLANDOR



El resplandor era muy sutil. Casi no se apreciaba. Parecía un reflejo al fondo del pasillo. Unas ráfagas de un coche, una farola huérfana, la luna última de la madrugada. No sé sabía bien. Se veía sólo a ratos. Sólo un momento. Los ojos dudaban. Parecía nada. Parecía una ilusión. Encendías la luz, andabas por el pasillo, llegabas a la curva y la doblabas… y nada, no había nada. Cruzabas el comedor y te asomabas a la ventana… y nada, no había nada. 

El resplandor volvía al día siguiente. O al otro. O al otro. Nunca se sabía cuándo. Era muy suave, casi no se notaba. Duraba sólo un momento. Parecía algo, un reflejo, una luz tibia que venía de algún sitio. Pero no, no era nada. Una ilusión. Nada más que una ilusión. Y luego, otro día, volvías a verlo. Justo cuando ibas a salir de casa, ya en el vestíbulo, con las luces apagadas, de madrugada, justo antes de ir al trabajo.

Los ojos dudaban. Los pies dudaban. Las manos dudaban. ¿Cerrar la puerta o volver dentro? ¿Quedarse ahí o andar hacia la calle? Era un minuto, menos de un minuto, unos pocos segundos. Luego nada. No había nada. ¿Una mancha de luz que deja la noche? ¿Una sombra de luz que dejan las bombillas al dormirse, después del velatorio de la luna?

Nada, no era nada. Pero estaba. Estaba ahí, en algún punto al final del pasillo, justo antes de la curva. En esa casa que no era tuya y que se empeñaba en recordártelo algunas mañanas, con suavidad, sin violencia. Tú eres el extraño aquí. Tú eres el viajero aquí.















viernes, 26 de diciembre de 2025

 



EN ESTOS DÍAS TAN SEÑALADOS...


(Ya no hay discursos como los de antes... Y la familia cambia. Y hay lugares nuevos, y lugares que se abandonan, lugares a los que ya no regresaremos nunca y lugares que tendrán que ser algo parecido a lo que llamaremos "casa", aunque solo lo sea a ratos... Hay viajes, hay lluvia, hay frío... Hay besos y abrazos y buenos deseos.... Hay preguntas y hay finales que no son lo que esperamos, pero así es la vida... Hay pasado, hay un futuro que empieza...)