sábado, 15 de marzo de 2025

 


QUIJOTE Y SANCHO



Estaba mirando la jaula, junto a la puerta cuando llegó mi señor.

–¿Qué haces aquí fuera? –Me preguntó.

–Estoy esperando al veterinario.

–¿Al veterinario?

Le expliqué que tenía que venir el veterinario para sedar a los leones. Son animales salvajes. No se puede entrar en la jaula hasta que les disparan un dardo al culo y los duermen.

–¿Qué leones? –Preguntó mi señor.

–Estos que tengo delante, en esta jaula a la que tengo que entrar muy a pesar mío.

Mi señor se rio. Una risa fuerte y arrogante.

–Pero Sancho –Dijo al fin–, no son leones ni esto es una jaula. Son alumnos y esto es una clase. 

–No, mi señor –Me atreví a responder, con tono apocado–. Vuestra merced es experto educativo y ha leído muchos libros, pero sabe poco de la vida y yo le aseguro que mis ojos no me engañan. A lo que nos enfrentamos no es otra cosa que a leones feroces.

Mi señor me miró con desdén y sentenció:

–Vaya, Sancho, no sabía que tenía un escudero tan cobarde. Pero no temas que voy a dar un paso para demostrarte que son inocentes chiquillos y no hay peligro alguno.

Horrorizado, antes de que pudiera reaccionar, contemplé como, efectivamente, mi señor entraba en la jaula. Fue un simple saltito, pero fue la última vez que su cuerpo obedeció a su cabeza.




sábado, 1 de marzo de 2025

 



UN CRIMEN IMPUNE





No sé bien cómo pasó. Mejor dicho: sé perfectamente cómo pasó, lo que no entiendo es cómo pudo pasar. Cómo pudo tener tan mala suerte. Yo no tenía nada contra ese hombre. Era arrogante y vanidoso, y a ratos me caía mal, pero jamás había deseado su muerte. Por lo demás era psicólogo, y ya se sabe que todos los psicólogos son vanidosos y arrogantes, y encima yo era su cliente, o mejor dicho, sí, supongo que cliente no es la palabra adecuada, yo era su paciente. Y por tanto tenía que ser arrogante y vanidoso y tenía que decir y hacer cosas que me molestaran, pues en eso consistía parte de su trabajo, en sacudirme, en despertarme, en removerme por dentro, darme una paliza emocional y demostrarme que él podía cobrar lo que cobraba porque era arrogante y vanidoso y que si yo fuera tan arrogante y vanidoso como él, también podría tener un buen trabajo, un trabajo como el suyo, que me permitiera mirar a los demás de arriba a abajo, juzgando impunemente, diciendo qué está mal y qué está bien y cuál es el camino a seguir. Sí. Era un buen psicólogo, eso es cierto, y yo estaba contento, contento de haber caído en manos de un buen psicólogo, pero era caro, muy caro, y yo estaba en el paro y no me podía permitir ningún psicólogo, por muy bueno que fuera y por muy triste que fuera mi vida. Así que le había dicho que esa era mi última sesión con él y él no se lo había tomado muy bien. Pero era muy buen profesional. Un buen profesional que no decía nunca lo que pensaba, ni lo expresaba, ni se permitía que nada le delatara. Y que, además, pensaba que su trabajo era bueno, muy bueno, que se consideraba a sí mismo un buen psicólogo, arrogante y vanidoso, pero muy buen psicólogo, de manera que no le faltaban clientes, o pacientes, llamémoslo cómo se quiera, y por eso no le iba a importar demasiado que yo dejara mi terapia por la mitad, qué digo por la mitad, por el principio, porque él había programado un terapia larga, muy larga, y es que yo tenía muchas cosas que arreglar.

Faltaban unos veinte minutos. Estábamos haciendo uno de esos ejercicios para los que yo tenía que estar medio desnudo, para medirme la respiración y las respuestas corporales y todo eso, hay que decir que no era un psicólogo de esos típicos, de mesa frente a ti, no, éste se sentaba en una silla sin mesa, a unos dos metros de ti, y luego te hacía medio desnudarte y te hacía ejercicios como…, en fin, no sé cómo decirlo, una especie de yoga o relajación, o casi como el diván de un psicoanalista, pero sin diván, tumbado en una colchoneta en el suelo. Bueno, en realidad yo no pensaba ir a un psicólogo de esos, sino a uno más tradicional, a uno de los de toda la vida, pero me habían hablado muy bien de él, y sí, lo cierto es que me gustó, más por lo que dijo que por lo que hacía, pero lo cierto es que me gustó y estaba muy contento, a pesar que en seguida noté que era un vanidoso y un arrogante, pero se lo pasé por alto, porque tenía muy buen ojo clínico, porque me gustaba mucho lo que decía.

La cuestión es que se empeñó en hacer un ejercicio para liberar tensión. O ansiedad. O simple mala leche. Yo le insinué que no era buena idea, que yo tenía mucha mala leche acumulada y que tenía miedo de hacerle daño sin querer. “No te preocupes”, me respondió él, tajante. En fin, era su trabajo, sabía lo que se hacía. Lo hacía con muchos otros pacientes-clientes, supongo, y supongo que nunca le había pasado nada. Yo seguía con mis dudas, pero estaba ahí para obedecer, no para tener dudas. Empecé a dar codazos hacia atrás. Él se protegía con un cojín. Tenía que dar el codazo cuando él me diera la orden. Golpeaba el cojín despacio, sin fuerza. “No te cortés, dale con ganas”, me ordenó. Yo tenía mis dudas. Le dije que tenía miedo de golpearle sin querer. “No te cortes”, repitió, “Y chilla, insulta, di lo que quieras, no te preocupes por los vecinos, di lo que te salga, sin pensarlo, y golpea fuerte, pero cuándo yo te diga, si viene la policía te doy una sesión gratis”. Eso último era una frase que repetía mucho. “Puedes gritar si hace falta, tengo los vecinos comprados. Si montas tanto escándalo que viene la policía a ver que pasa te doy una sesión gratis”. Bueno, no sé si decía esto exactamente, pero si no era eso era muy parecido. 

Yo empecé a golpear más fuerte. Y a gritar. “Mierda, joder…”, cosas así, lo que me salía. Él me animaba a dar más fuerte, a gritar más. “Muy buen, muy bien”, decía. Y yo pensé: “Pues bueno, si esto es lo que quieres….”. Y golpeé con todas mis fuerzas. A su señal di un codazo terrible. A él le pareció estupendo. Me preparé para dar otro. Entonces sonó el timbre. Él dijo “para” pero yo ya no podía parar, mi brazo ya había iniciado el movimiento, mi codo ya estaba muy cerca de su cara. Y le di. Sin querer, sin darse cuenta, él había bajado un poco el cojín. Supongo que pensó que yo iba a detenerme. Supongo que pensó en ir a abrir la puerta. Normalmente no llamaba nadie. Ni interrumpía la sesión por un timbre de la puerta. Pero estaba esperando a los del aire acondicionado, que se había estropeado, y hacía un calor terrible, así que era urgente reparar el aire acondicionado. Bien, digo esto porque supongo que fue eso lo que pensó, que los que llamaban eran los del aire acondicionado, que estaban al caer. Lo cierto es que yo le golpeé, lo tiré hacia atrás, tropezó con la colchoneta y cayó de espaldas, y entonces se golpeó contra una mesa, la mesa del rincón que tenía un pequeño Buda y varias velas con incienso, no sé, cosas así, era un psicólogo muy moderno, ya lo digo, la verdad que me quedé un poco desconcertado cuando vi las velas y el Buda y noté el olor a incienso, pero luego habló y dijo cosas muy sensatas y yo me quedé. Lo que nunca pensé es que acabaría matándolo accidentalmente. Ni lo pensé ni me lo podía creer. Se quedó muy quieto, mirándome sin verme, con los ojos abiertos y muertos y yo tardé en darme cuenta de lo que había pasado, porque primero no quise darme la vuelta, porque pensé que él golpe le habría dolido, y cuando me di la vuelta, preocupado porque él no decía nada, y preocupado por el golpe que notaba en mi codo, que me dolía, y el ruido de la mesa que había escuchado, el otro golpe, que había sido el que le había matado, no yo, fue él al tropezar con colchoneta y darse con el canto en el cuello, supongo, no estoy seguro, pero en todo caso fue un simple y estúpido accidente, cuando escuché el ruido y vi que él no decía nada, que no se quejaba, que no me insultaba ni me maldecía, pensé: “no mires, no te des la vuelta, lárgate a toda prisa, echa a correr y no pares”. 

Lo hubiera hecho con mucho gusto, largarme a toda prisa, sin ver si él estaba bien o qué le había pasado. Pero estaba medio en pelotas. No podía vestirme sin darme la vuelta. Y me di la vuelta y lo vi muerto, mirándome sin verme, medio sentado en el suelo, con la cabeza… ¿Cómo tenía la cabeza? No sabía cómo explicar. Tenía una cabeza pequeña, pero entonces aún me pareció más pequeña, me pareció que toda la cabeza eran unos ojos, pero es que sus ojos me parecían más grandes de lo normal, y la cabeza le colgaba de una manera muy… , no sé como decirlo, de una manera muy rara. 

No quise mirarlo más. En realidad tenía mucha prisa. No sé quien había llamado al timbre. No sé si eran los del aire o era otro cliente adelantado. Aún faltaban unos veinte minutos para que terminara mi sesión. Los clientes (o pacientes, da igual cómo los llame) llegaban puntuales y entraban directamente a la sala donde hacían las sesiones. No había sala de espera. Pensé que si fuera, en el rellano, me encontraba con alguien, tendría que salir corriendo sin poder explicar nada. Yo sabía que era un accidente. Pero no quería tener que explicarle eso a nadie. Ni a nadie ni a la policía. Lo mejor era vestirme y marcharme a toda prisa. Pero eso era imposible.

Lo tiré por la ventana del deslunado porque eso fue lo único que se me ocurrió. Pensé que, dado que eran las tres y media de la tarde de un muy caluroso día de agosto,  no habría muchos vecinos en la finca. O estarían durmiendo la siesta… Por suerte era un hombre pequeño y flaco, no pesaba tanto como para no poder arrastrarlo. La mesa no tenía ni sangre. Por lo menos yo no vi. Lo llevé a la ventana arrastrándolo, miré al patio del primer piso, lo levanté y saqué la cabeza, luego el cuerpo, eso me costó más, pero soy fuerte, poco musculoso pero fuerte, lo tiré y lo vi caer. Luego volví corriendo a la habitación, me vestí, cogí su agenda y su móvil, que él había dejado en la silla donde se sentaba, y me marché. 

Antes de salir miré por la mirilla. Me pareció que no había nadie. Todo lo que hice fue absolutamente estúpido, pero en ese momento sólo pensaba en salir de allí y en no dejar ninguna huella de mi paso. Si me llevé el móvil y la agenda fue por eso, sobre todo el móvil, porque allí estaba el mensaje que me había enviado esa misma mañana para confirmarme la cita de la tarde. No pensé en leer lo que había escrito de mí, ni de los demás pacientes, ni averiguar quiénes eran, no, eso lo pensé luego.

En el patio, a punto de salir, me di de morros con Andrés. Él era el compañero de trabajo, bueno, el ex compañero de trabajo, aún no me acostumbro a esas cosas, que me había recomendado este psicólogo. A Andrés lo trataba desde que se divorció de su mujer, hacía más de dos años. Y estaba muy contento. Tan contento que después de dos años seguía recibiendo dos sesiones al mes. Por lo demás Andrés estaba perfectamente recuperado de su divorcio. De mis antiguos compañeros de trabajo era prácticamente el único que tenía contacto conmigo. Vivía en mi barrio. A veces quedábamos para tomar un café en un bar.

Me quedé tan desconcertado que no supe que decir. Por suerte a él no le sorprendió verme. Me preguntó si venía del psicólogo. Le dije que sí, porque era evidente que no podía venir de otro sitio. Pero rápidamente reaccioné y añadí: “Pero no le he visto, no sé qué pasa, he llamado todo el rato pero no me ha abierto, no debe de estar”. Andrés tenía intención de llamar, pese a todo, no acababa de entender lo que le había dicho. Si se hubiera parado a analizar mis palabras, hubiera comprendido que yo llevaba una hora llamando a esa puerta, y no sólo desde el timbre de la calle, sino desde su misma puerta del cuarto piso, y hubiera comprendido que yo tenía la absoluta certeza de que, si mis palabras eran ciertas, que no lo eran, claro está, el psicólogo no estaba en su consulta. Antes de que la cosa se pusiera peor, porque me cabrea bastante que la gente no escuché, dejé a Andrés llamando al timbre de la calle y yo salí a toda prisa. Supongo que balbuceé alguna excusa, algo tipo “Tengo mucha prisa” o algo así. Él levantó la mano en señal de despedida y yo hice lo mismo. Crucé la calle y doblé la primera esquina que encontré. Entonces pensé en librarme de la agenda y el móvil. Vi un contenedor y tiré la agenda. El móvil no. Me pareció que tenía que tirarlo a un sitio mejor. O destruirlo.  

Al momento pensé en recuperar la agenda. No sé realmente por qué lo hice. O por qué quise quedármela. Aquello era una tontería. De repente comprendí que era inútil tratar de borrar las huellas de mi visita porque Andrés ya me había visto. Pero de todas maneras quedarme esa agenda era muy temerario. Pero tenía curiosidad. Desde siempre he sido muy curioso.  Sentí un enorme deseo de leer lo que el psicólogo había escrito de mí. ¿Me llevaría alguna sorpresa? Intenté coger la agenda. Metí la mano y estiré. Pero no llegaba hasta ella. Con evidente fastidio, pensé en dejarla allí, después de todo era lo más sensato. Entonces pensé que mejor taparla. Y me giré para ver si alguien había dejado alguna caja o alguna bolsa fuera del contenedor, para tirarla por encima. Entonces vi a una rumana joven, una de esas rumanas gitanas que van husmeando por la basura. Estaba muy cerca de mí, y me miraba con descaro. Supongo que se preguntaba qué carajo estaba haciendo. “Se me ha caído la agenda, la puedes coger”. Esas gitanas llevan un palo largo de metal, una especie de gancho. Yo las he visto muchas veces, y siempre que puedo las evito, por ejemplo, si voy a tirar la basura y veo que están en mi contendedor, continúo andando hasta el contendedor siguiente, pero lo cierto es que en ese momento me pareció casi un milagro, o más que un milagro una señal del destino, tropezarme con esa gitana. Ella miró el contenedor pero no se movió. “Me hace falta esa agenda y no llego. Te doy diez euros…”. Eso era mucho. Y además era un tontería. La gitana estaba muy buena, tenía una camiseta ajustada, con muy buenas tetas, no llevaba sujetador, eso era evidente, y me pregunté si debajo de esa falda larga, esas típicas faldas que llevan las gitanas, llevaría bragas. Era joven. Y digo que era rumana porque muchas son de allí. Pero lo cierto es que no lo puedo asegurar. No dijo ni una palabra. Lo mismo era de aquí, y lo mismo ni siquiera era gitana. Pero tenía la piel morena. Aunque los ojos no eran oscuros sino azules. Y el pelo tampoco era negro sino castaño claro. Parecía bastante joven. Unos veinte años. Por ahí. Tenía la cara agradable. Guapa. Sí. Me pareció guapa. Se la veía risueña. Muchas veces me pasa eso, los veo riendo, a ellos y a ellas, caminan alegremente, dando grandes zancadas, con energía, y se gastan bromas y ríen sin parar, y me preguntó cómo cojones tienen ganas de reírse. Su vida no parece mala. Pero sé que es mala. Que es peor que la mía. Pero se ríen. En otro momento no me hubiera fijado tanto en ella. Ni la hubiera mirado como la miré, me refiero que la miré a la cara, sin desviar la vista, sin esa especie de vergüenza que me entra cada vez que, por lo que sea, tengo que mirar a un mendigo o a gente así. Ella notó que yo la miraba demasiado pero no se inmutó. No se puso nerviosa, quiero decir, que es cómo me pondría yo. Más bien al contrario, me lanzó una mirada muy penetrante, una mirada que me analizó de arriba abajo. Luego sonrió. Supongo que yo le parecí un idiota inofensivo. Me pregunté cómo sería su vida. O mejor dicho: qué haría cada día de su vida, desde que se levantaba hasta que se acostaba.

Debía tener novio o marido y debía tener algún niño, o lo tendría muy pronto, pero pese a todo tenía la mirada alegre, y yo era un ser terriblemente patético y miserable a su lado, y más ahora, y no sólo porque había matado accidentalmente a mi psicólogo, sino porque no sabía qué hacer con mi vida, y en ese momento estaba tratando de recuperar una agenda que me podía llevar a la cárcel, o por lo menos me podía meter en muchos problemas, y ella no sabía eso, pero algo debía notar. Y lo notó. Notó que era tan idiota que me iba a dejar robar, porque eso fue lo que pasó, que la gitana rumana, o supuesta gitana rumana, porque la verdad es que, ahora que lo pienso, lo di por sentado desde el principio sin tener pruebas contundentes de ello, estiró su palo, pescó la agenda, metió la mano en mi cartera abierta, que yo mismo había abierto para mostrarle que podía pagarle diez euros por un minúsculo favor y que realmente tenía ese dinero, que no era un farol, y antes de que yo pudiera reaccionar sus dedos ágiles sacaron no uno sino varios billetes. Hizo todo eso sin dejar de sonreír con descaro, casi diría que con picardía, y desapareció de mi vista a toda velocidad. Cuando miré en mi cartera comprobé que había perdido 30 euros. Pero tenía la agenda del psicólogo en mis manos. Aún la tengo. Sé que es una tontería pero aún la tengo. Y el teléfono también. No lo he roto. Lo he tenido en mis manos muchas veces. Está vacío. Quiero decir que saqué toda la información que tenía dentro. Pero me resisto a destruirlo. 

Por lo demás han pasado cinco meses. Tuve suerte. El patio interior donde cayó el psicólogo era un piso embargado. Como nadie vivía y como los vecinos no tienen la fe costumbre de mirar hacia abajo, para espiar los patios de los primeros, pasaron bastantes horas antes de que encontraran el cuerpo. Andrés me tuvo informado. Parece que creen que fue un suicidio. Es evidente que si la policía o cualquiera se molestara en investigar lo más mínimo, se darían cuenta de que de suicidio aquello no tenía nada. Pero por lo visto a nadie le ha parecido que hubiera nada que investigar. No sé nada de él. Si tenía familia. Nada. Andrés ha encontrado otro psicólogo. Yo pienso que, a estas alturas, con el divorcio tan superado, no necesita para nada un psicólogo. Yo tampoco he vuelto a ir a ningún psicólogo. Parece mentira, pero me encuentro ahora mejor que antes. Al principio lo pasé muy mal. Pensé que había hecho una tontería, que tenía que haber llamado al teléfono de emergencias, o la policía, no sé, todo eso, pero luego digo: “¿para qué?”. Él ya estaba muerto. El pobre había tenido muy mala suerte. Yo no había deseado hacerle daño. A otras personas sí. Lo confieso. Pero a él no. Fue un simple accidente. Y yo no quería problemas. Nunca he querido problemas. 

Sí… Lo digo en serio. ¿Y entonces…. por qué quiero usar su teléfono, su agenda? ¿Acaso no sé que eso me puede meter en un lío enorme? Sí, claro que lo sé… ¡Pero es tan tentador! Tengo el nombre de otros pacientes, sé lo que les pasa, conozco algunos de sus secretos… Y tengo sus teléfonos…. Se me ocurren muchas cosas. Todas son peligrosas, estúpidas… Y probablemente no haré nada. Pero me gusta acostarme pensando en lo que voy a hacer, en lo que puedo hacer… Eso me distrae. Me da algo que hacer con mi vida. No sé si me explico.





martes, 7 de enero de 2025

 



EL MAESTRO



El último día antes del fin del mundo el maestro decidió que no iba a dar clase.

Anunció:

"Niños, ya que mañana acaba el mundo, hoy os dejo jugar en el patio".

Los alumnos se pusieron muy contentos y salieron corriendo al patio. Jugaron y jugaron y luego jugaron más. Al final se cansaron de jugar, pero para entonces ya era hora de volver a casa.

Al llegar les contaron a sus padres, emocionados, que habían estado todo el día jugando en el patio. Los padres les preguntaron porqué y sus hijos no supieron que responder. "Qué pregunta más tonta", pensaron todos a la vez, cada uno en su casa, "lo importante es que hemos estado todo el tiempo jugando en el patio, el motivo es lo de menos". Como los padres no preguntaron más, pronto se olvidó el tema y cada cual siguió a lo suyo.


El maestro volvió a su casa y siguió con su rutina. En la tele ya habían dado la notica y un periodista preguntaba en la calle a los transeúntes qué iban a hacer para celebrar el último día de sus vidas. El maestro apagó la tele después de comer y se sentó en el sofá. Estaba medio dormido cuando el sonido de un mensaje lo alteró. Era la inspectora, que estaba muy enfadada. Le había llegado una información que le parecía muy preocupante:

"¿Es verdad que hoy no has dado tus clases?", le preguntaba.

El maestro comprendió que era mejor no mentir:

"Sí, pero es que mañana es el fin del mundo", se defendió.

Era un argumento muy débil, que no convenció a la inspectora.

"Eso no importa. Tú deber es dar las clases".

El maestro mostró su arrepentimiento, bastante molesto porque sabía que la inspectora tenía razón.

"Bueno, por esta vez no lo tendré en cuenta, pero que no se repita o te tendré que abrir un expediente", concluyó la inspectora.

El maestro le dio las gracias y se levantó. El sofá era cómodo pero lo mejor para una buena siesta era la cama.



viernes, 29 de noviembre de 2024

 



EL COCINERO 

(DIARIO DE TRABAJO)


Me contrataron como cocinero. Estaba muy contento. El primer día llegué al restaurante y me dijo el encargado: Tienes que hacer una ensalada de tomates. ¡Qué fácil!, pensé. Pero cuando vi la bolsa de tomates que me daba me dio la risa. Estaban casi todos podridos, y los que no estaban podridos tampoco servían, o eran diminutos o estaban muy verdes. ¿Qué pretendía que hiciera con esos tomates? Por supuesto no dije nada. Disimulé todo el rato. Hice como que hacía algo hasta que llegó la hora de irme a casa. Nadie vino a ver qué ensalada de tomates había hecho. Al día siguiente volví al restaurante y pasó lo mismo: tenía que volver a hacer una ensalada de tomates… con tomates podridos. Volví a disimular y me fui a casa tranquilamente. Toda mi primera semana fue lo mismo: me pedían cosas imposibles y yo disimulaba. El viernes, cuando iba a salir, me encontré a otra cocinera nueva (la habían contratado el mismo día que a mí) llorando en un rincón. Le pregunté porqué lloraba: No sirvo como cocinera, no sé ni hacer una ensalada de tomates. “El problema no eres tú, son los tomates, con esos tomates no se puede hacer nada.” Ella me miró muy sorprendida. “Pero yo creía que era una buena cocinera, hasta que llegué a este restaurante”. Eso nos pasa a todos, pensé. Pero aquí da igual lo buen cocinero o lo mal cocinero que seas, porque no te dan la menor oportunidad de demostrar nada. Se lo expliqué brevemente. Sabía que nada de lo que yo le dijera iba a servir para algo. La semana que viene nos esperaban más bolsas de tomates podridos…


Total, resumo, que al final, después de unas cuantas semanas de no poder hacer absolutamente nada, ni una miserable ensalada de tomates, dejé el trabajo. Pero como tenía que trabajar me hice cazador. Y justo me volvieron a contratar los dueños del mismo restaurante, que por lo visto tenían problemas con leones de la selva que se paseaban tranquilamente por las mesas de la terraza (es lo que tiene montar un restaurante junto a la selva) y asustaban a algunos turistas. Así que me puse mi ropa de cazador y me presenté a la oficina, a buscar mi rifle para cazar leones. Cuál fue mi sorpresa cuando me dijeron: “no tienes rifle, tienes que cazarlos con las manos”. Bien, vale, ya me conozco el sistema, voy a hacer como que me escondo para esperar a los leones y luego, dentro de unas horas, salgo y me voy a mi casa, cobrando mi sueldo del día. Sí, eso pensaba hacer, lo mismo que hacía con las ensaladas de tomate. Pero mira por donde resultó que aparecieron varios leones, leones de verdad, y venía hacía mí con la boca abierta, y resultó que no tenía rifle…




viernes, 23 de agosto de 2024


 Es lo previsto 

(Notas muy rápidas sobre lo que viene)



Cada vez que alguien me comenta o leo en alguna parte lo mal que está todo, siempre respondo, sonriendo y con aparente ironía: "Es lo previsto". Suena a ironía, ya digo, pero en realidad lo digo muy en serio: lo previsto es que las cosas vayan mal. Y no mal porque no hay más remedio, sino mal a propósito, deliberadamente. La sanidad, la educación, los transportes públicos, la confianza en los políticos y en la economía, todo tiene que ir mal, porque para cambiarlo todo, hace falta que una gran mayoría (que se crea libre y dueña de su destino), se mueva en una dirección determinada, que, desde luego, no ha sido “determinada” por ellos mismos.

Me explicaré: un sistema de producción deja de funcionar. ¿Qué hay que hacer? Fácil, ¿no? Cambiar el sistema de producción. Sí, claro, pero no es tan fácil, en realidad es muy difícil, porque la gente tiene mucha inercia y quiere seguir con su modo de vida tradicional, porque (los que lo van a cambiar lo saben muy bien), cambiar el sistema de producción implica cambiar todo lo demás: la sociedad, la mentalidad de la gente, etc. Por eso, en la historia, estos cambios siempre son lentos. Del sistema esclavista romano se pasó al feudalismo, del feudalismo al capitalismo comercial, del capitalismo comercial al capitalismo industrial… Eso no se hizo de un día para otro. Y no se hizo por que sí, porque a alguien le dio la gana, no, para cambiar un sistema de producción este sistema tiene que estar completamente agotado, ya no tiene que servir no solo para los que están en lo más bajo de la sociedad sino también, y sobre todo, para los que están arriba. Lo pongo como ejemplo: si el barco empieza a hundirse pero los únicos que se ahogan son los pasajeros de tercera clase, que están en lo más bajo del barco, pero el agua no llega a los de primera clase, entonces el barco seguirá navegando, con problemas, sí, pero avanzando sobre el mar, pero si el agua empieza a subir a los camarotes de primera clase, entonces es cuando el capitán decidirá que es momento de cambiar de barco… Y para eso, volvemos al principio, hay que decirles a los pasajeros que no hay otra solución posible, lo que, paradójicamente, es la verdad, pero que muchos pasajeros aún se niegan a creer. De manera que, en casos extremos, el propio capitán puede “acelerar” (con pequeños sabotajes) el hundimiento del barco, sabiendo bien que él siempre, como capitán, encontrará otro barco pero que algunos de sus pasajeros se quedarán en el camino, es decir, se ahogarán. “Es inevitable”, se dice el capitán, que siempre se preocupa de salvar a los suyos.


Sí, esto puede sonar “catastrófico”, pero la historia siempre se mueve en la misma dirección. ¿Alguien se puede creer, viendo los documentos de la época, que la Revolución francesa de 1789 fue un acto espontáneo de un pueblo desesperado que quiso coger las riendas de su destino? Pues no, lo siento si se acaba la fantasía, pero no: las élites culturales y económicas francesas llevaban muchos años preparando el cambio de sistema, con una “especie de traspaso de poder encubierto”, y digo lo de “especie” porque en realidad, ¡nueva sorpresa! el poder siempre queda en manos de los mismos: las élites culturales y económicas, que en realidad son las familias ilustres y ricas de toda la vida, con algún pequeñísimo cambio.


Dicho esto, de lo que quiero hablar aquí es de lo que pienso que va a pasar, de hacia donde creo que vamos… Que lo diré ya: un nuevo feudalismo, un “neo-feudalismo tecnológico”. Os pondré algunos ejemplos rápidos…


Uno: el peso del Estado y de su administración, lo que incluye los servicios públicos. Simplemente hay comparar la situación de una ciudad del Imperio Romano, en cualquier provincia, y la misma situación de esa ciudad en la Edad Media. Cuando el Estado deja de ser operativo, los antiguos ciudadanos se buscan la vida. A media que el ejército del emperador, por ejemplo, no puede solucionar las “invasiones bárbaras” (estoy simplificando mucho, lo sé) aparecen ejércitos privados, que no obedecen al emperador sino al rico que les paga. Y nota: ese “rico que les paga” suele ser siempre un antiguo funcionario del emperador, que, ante la debilidad del emperador, se hace independiente y forma su propio “feudo” (sigo simplificando, la cosa es siempre más compleja, pero creo que la idea básica se entiende, ¿no?). Y digo el ejército como podría decir la sanidad, la educación, la asistencia social, y todos esos servicios que ya no va a poder prestar el Estado y que los antiguos ciudadanos van a tener que buscar en otro lugar: en los señores feudales, que los obligarán a perder la libertad (sigo simplificando) a cambio de su ayuda y protección.


Dos: los cambios económicos siempre llevan cambios políticos y sociales. En esto soy muy marxista. Los sistemas de producción condicionan todo lo demás. Volvemos al final del imperio romano: el “ciudadano” romano desaparece poco a poco. Lo que ahora llamamos “clases medias”, que en su época serían algunos artesanos, comerciantes, soldados, funcionarios de rango inferior, etc., que estaban por encima de los campesinos y que, por supuesto, estaban muy muy por encima de la gran masa de esclavos, que eran los que hacían los trabajos más duros, van perdiendo derechos y van viendo como sus condiciones de vida empeoran, y va todo a la vez, las dos cosas juntas, menos derechos y vivir peor, vivir peor y menos derechos. Y así, tres siglos después (los cambios son lentos, ya digo) ya no quedan ciudadanos sino un montón de siervos (que entre ellos están subdivididos, aunque esta división es más simbólica que otra cosa), frente a los que están una minoría (muy exigua) de nobles (también subdivididos, pero lo mismo, con una división más simbólica que real). Estos nobles, con todos los privilegios, son los únicos que tienen cultura, que manejan dinero y que tienen posibilidad de adquirir artículos que antes podían no ser de lujo (un espejo, un cuchillo, un caballo como medio de transporte), o no ser tan exclusivos, pero ahora desde luego sí lo son. ¿Y el resto? Pues para el resto queda la economía de autosuficiencia, el trueque en lugar de la moneda, la ignorancia y la incultura (¿para qué les hace falta leer y escribir si su trabajo es arar el campo o cuidar de las vacas de su señor?) y por supuesto los impuestos (todos) y la falta de derechos (ninguno o casi ninguno). Y, resumiendo, ahí es hacia donde creo que vamos…


¿Me equivoco? Pues me encantaría estar equivocado.






jueves, 15 de agosto de 2024







 


POEMA SIN MOTIVO



Yo viví las bacanales en mi infancia.

Los mayores cantando al fuego y los niños mirando con ojos asombrados.

Sombras rojas y pavesas elevándose

bajo el árbol seco.

Luego el baño nocturno en frescas aguas invisibles,

las risas imprecisas y los cuerpos de luz negra.

Eran fiestas de todos donde todos comulgaban

en la dicha del verano, el campo intacto y la cosecha cierta.

Yo viví las hogueras altas entre sombras crujientes,

y supe del humo y el tizón que cierra la escena.

Cuando el sol ardía el árbol callaba.

Desde su muerte antigua la vida se reiniciaba.

Eran las últimas bacanales y yo miraba encantado,

feliz por participar en el mundo de los mayores.

Alguien taló el árbol seco y el barranco se llenó de zarzas.

Las hogueras, las risas, los baños nocturnos,

todo duerme ahora en el fondo de una ciénaga

donde se macera con el rencor y la tristeza.

Hace años, muchos años, yo viví las últimas bacanales.

Eran simples y hermosas como el viejo mundo.

No volverá nunca el pasado.

Ni siquiera lo puedo llamar ya pasado.

Porque otro pasado más duro, más hostil, más venenoso

ha ido superponiéndose en mi memoria.

Es un pasado ladrón y rencoroso

que quiere ensuciarme las páginas más limpias y sinceras de la vida.

¿Acaso se acerca ya la muerte, que me devuelve 

el tiempo mi primer tesoro?

¡Qué tesoro tan frágil tocan ahora mis dedos!

Recuerdos tan antiguos que deslumbran mis ojos.

¿Para qué todo si al final queda tan poco?

¿Para qué tan lejos para acabar

desterrando huesos en tu propio jardín?

Viejo perro sin dientes,

¿qué vas a hacer con ellos?

¿Acaso volver a enterrarlos?

¿Escribir un poema?

Legarlos a tus hijos, relamidos con gozo y lágrimas,

¿es ese el sentido del tiempo, que se nos escapa siempre?

El tiempo, como la vida, es la larga hoguera en esa

negra noche de verano, junto al agua y al árbol,

junto a la uva y el romero.

¿Y qué más?

No. Tal vez la pregunta no es esa. 

Tal vez la pregunta es para qué preguntas.

Era hermoso el fuego, las sombras y los cuerpos que bailan.

Tú lo viviste y nadie en el mundo, ningún otro hombre

fue testigo del milagro.

Como pasó y pasa y pasará.

Otros mundos serán hermosos y tristes.

Y otros hombres los cantarán y los lloraran.

Entierra tú tu tesoro.

Deja que reluzca entre tus manos y ocúltalo con mimo.

Cumple tu misión y no preguntes.

Las respuestas y la belleza 

no te pertenecen.








viernes, 14 de junio de 2024

 









(...)



Debía tener unos trece o catorce años. Habíamos salido por la mañana, cruzado la sierra y descubierto un valle nuevo. En el valle existían pueblos desconocidos, bosques desconocidos, campos desconocidos y dos estaciones desconocidas. Una todavía se usaba y no recuerdo nada de ella, pero debía existir en aquellos años (luego la derribaron y en su lugar dejaron un ridículo apeadero), era la estación de vía ancha, la de Renfe, por donde pasaba el tren que nos llevaba a Valencia. La otra estaba abandonada, parecía llevar muchos siglos abandonada, y era un edificio robusto, elegante, pero vacío y rodeado por altos matorrales y hierbajos, un sitio perfecto para una exploración (aunque no lo recuerdo, no creo que los monitores nos dejaran entrar dentro, así que nos debimos conformar con verlo desde fuera). En cualquier caso se distinguían bien los andenes, que se perdían entre los árboles que se levantaban orgullosos, como burlándose de las piedras, junto a la estación. Era como si una naturaleza espléndida quisiera levantar la bandera de la victoria, ante los trabajos desmesurados e inútiles de los hombres. El sitio, que por supuesto no conocía, ni sabía nada de su historia, ni nadie me había dicho lo que íbamos a ver y por tanto fue una sorpresa total, me dejó tan profundamente impresionado que, al volver a casa, lo busqué en el mapa. Quería regresar allí algún día. No sabía cuándo, pero quería volver allí. No sabía a qué, pero quería volver allí.

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https://www.jotdown.es/2024/06/la-aventura-de-buscar-estaciones-abandonadas/