MAÑANA
Un lugar al
que ir no es más importante que un sitio donde esconderse.
BENJAMÍN PARDO
Vivíamos en los confines de la ciudad. En
una finca gris y fea con paredes de cartón y patio interior sombrío. Vivíamos a
treinta metros de altura. Treinta metros sobre los solares y las vías del tren.
Treinta metros sobre los coches y las chabolas, sobre los jardines y los
desguaces. No teníamos muebles. No teníamos mesa, ni sillas, ni perchas donde
colgar la ropa, ni un sofá donde sentarse a ver la televisión, ni una
televisión que ver desde un sofá. Por no tener no teníamos ni cama. Teníamos
dos colchones mugrientos, un espejo sucio, dos mantas roídas y un hornillo
prestado.
Por
las noches el frío se calaba en los huesos y se filtraba en los pensamientos,
de modo que juntábamos los colchones y nos entrelazábamos bajo las mantas. Tú siempre
encontrabas mi mano y yo siempre llegaba a tu boca. Nos besábamos entre bultos
blandos que se movían levemente y mascullaban palabras incomprensibles hasta
que nos vencía el sueño.
Después
despertar bien entrada la mañana, los músculos ateridos, el cuerpo cansado.
Lavarse con agua fría. Lavarse despacio y por turnos. O juntos y a toda prisa.
Vestirse con cualquier cosa. Comprobar que no queda comida.
“Pues
habrá que bajar a comprar algo”.
“¿Quién baja?”.
“¿Quieres que te acompañe?”.
Miradas
y risas. No hay que nombrar lo evidente. La calle era distinta por la mañana.
Con mente dormida y el estomago vacío, recorríamos los barrios desnudos de la
periferia. Bajar no era sólo una obligación. Teníamos que conseguir comida.
Pero bajar significaba también ver gente, buscar el sol, hacerse preguntas...
“Mira
esa dependienta… ¿Qué crees que hará cuando acabe su turno? ¿Crees que irá su
novio a recogerla? Parece una buena chica. ¿Pensará que estamos locos?”.
Bajar
significaba perderse por calles bulliciosas cuyos nombres desconocíamos,
participar de la vida de la ciudad, contagiarse de la vida de la ciudad, para
luego volver a nuestro piso pequeño y sombrío, regresar a nuestras cuatro
paredes desiertas, a nuestra habitación vacía e inhóspita, pero nuestra al fin
y al cabo.
“¿Lo
hacemos aquí? Todos están dormidos.”
“Espera
un poco”.
“Tengo
ganas…”
Vivíamos
en las afueras de nuestra vida. Cada segundo sería nuestro o no sería de nadie.
Algunas noches parecían no terminar nunca. Bebíamos y bailábamos. Andábamos sin
prisa por las calles solitarias, cantábamos viejos himnos de guerra y nos
besábamos lentamente en los portales. Siempre descubríamos un bar abierto.
Siempre quedaba la última barra donde beber la última cerveza. Algunas noches
la madrugada huía de la ciudad y nosotros nos tocábamos precipitadamente y
cantábamos hermosas canciones mientras relucían las navajas y las
botellas.
“¿Te
has enterado de lo del Toño?”
“Date
la vuelta. Quiero verte bien”.
“¡Menuda
paliza!”.
“¿Hoy
qué día es?
Vivíamos
entre animales voraces y cazadores furtivos. Y nos volvíamos voraces y furtivos
como animales. Vivíamos sobre los desperdicios y los desguaces. Vivíamos entre
paredes frágiles y duros deseos. Cada noche sería nuestra o no sería de nadie.
“¿Te
vas? ¿Abandonas?”
“No.
No estoy triste, sólo un poco cansado.”
“No.
No estoy triste…. Estoy demasiado cansado para estar triste”.
Vivíamos
en la ciudad maldita. Vivíamos en las calles mortales. No teníamos mesa. No
teníamos cama. No teníamos seguro de accidentes ni tarjeta de crédito. No
teníamos hipotecas ni mantas para el frío.
“¿Echarte
de menos?… Claro que te echaré de menos”.
Vivíamos
a treinta metros de altura. Treinta metros sobre los cines y las oficinas.
Vivíamos en el filo del olvido. A treinta metros de nuestras sombras.
“Mañana...”.
Vivíamos
contra la pared. Con la piel desnuda. Con el corazón al aire.
“Mañana”.
Eso
dije: “Mañana”
Como si no supiera que decir mañana es decir
siempre.("Mañana" es uno de mis primeros cuentos, escrito entre los años 1992-1995. Se basa en una experiencia real, en unos días que viví como una especie de "ocupa" en una ciudad con un río enorme que veíamos desde nuestra habitación. Al principio uno no sabe por qué escribe. Con el tiempo me ha dado cuenta que mi imaginación es caníbal. Tengo que soltarla por la selva para que caze alguna presa de vez en cuando. Si no la suelto, si no la saco de su jaula, se vuelve loca y se devora a sí misma y me devora a mí.)
PD: la foto es de uno de los puentes de Budapest, ahora no recuerdo el nombre, y corresponde más o menos a la época del relato. No tengo muchas fotos de Budapest, y es una pena. Todos los días cruzaba ese puente...
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