EL RESPLANDOR
El resplandor era muy sutil. Casi no se apreciaba. Parecía un reflejo al fondo del pasillo. Unas ráfagas de un coche, una farola huérfana, la luna última de la madrugada. No sé sabía bien. Se veía sólo a ratos. Sólo un momento. Los ojos dudaban. Parecía nada. Parecía una ilusión. Encendías la luz, andabas por el pasillo, llegabas a la curva y la doblabas… y nada, no había nada. Cruzabas el comedor y te asomabas a la ventana… y nada, no había nada.
El resplandor volvía al día siguiente. O al otro. O al otro. Nunca se sabía cuándo. Era muy suave, casi no se notaba. Duraba sólo un momento. Parecía algo, un reflejo, una luz tibia que venía de algún sitio. Pero no, no era nada. Una ilusión. Nada más que una ilusión. Y luego, otro día, volvías a verlo. Justo cuando ibas a salir de casa, ya en el vestíbulo, con las luces apagadas, de madrugada, justo antes de ir al trabajo.
Los ojos dudaban. Los pies dudaban. Las manos dudaban. ¿Cerrar la puerta o volver dentro? ¿Quedarse ahí o andar hacia la calle? Era un minuto, menos de un minuto, unos pocos segundos. Luego nada. No había nada. ¿Una mancha de luz que deja la noche? ¿Una sombra de luz que dejan las bombillas al dormirse, después del velatorio de la luna?
Nada, no era nada. Pero estaba. Estaba ahí, en algún punto al final del pasillo, justo antes de la curva. En esa casa que no era tuya y que se empeñaba en recordártelo algunas mañanas, con suavidad, sin violencia. Tú eres el extraño aquí. Tú eres el viajero aquí.

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