martes, 20 de enero de 2026

 


EL FIN DE UNA AMISTAD



Apareció un mendigo en mi calle. El mendigo anterior había desaparecido y el puesto se había quedado vacante. El di un euro y me sonrió amablemente. Al día siguiente pasó lo mismo, pero aún no me reconocía. Eso cambió a partir del tercer día, que fue el día que empezó verdaderamente nuestra relación. Nada más asomarme por la esquina ya me estaba esperando, sonriendo y levantando la mano. Todo fue bien durante un tiempo, pero un día resultó que no llevaba dinero. Él me miró enfadado y me ordenó que al día siguiente le diera dos euros. Desde entonces me aseguré de llevar dos euros sueltos en la cartera. Vinieron días tranquilos pero otro día, de repente, me miró con desprecio. Me asusté. Él vio el terror y el desconcierto en mis ojos y me dijo, antes incluso que yo me atreviera a preguntar: “mire usted, es que la vida está muy cara, creo que lo mejor serían tres euros…”. No me pareció una propuesta demasiado ambiciosa y acepté gustoso, con tal de volver a verle sonreír. 


Durante un tiempo todo fue normal. Yo le daba el dinero y él me daba los buenos días, o alguna que otra palabra amable. Se notaba que estaba contento conmigo. Hasta que un día, no sé cómo, resultó que no llevaba suficiente dinero en la cartera. Me miró con honda decepción. Era increíble: había vuelto a dejarlo tirado. Tenía todo el derecho del mundo a enfadarse… Desde aquel desastre me aseguré tenazmente de llevar cinco euros en monedas, que siempre las prefería a los billetes, porque como me confesó un día “le gustaba que el dinero pesara en su bolsillo”.


Los días se sucedían tranquilamente hasta que una tarde, en una conversación casual con un amigo, descubrí que mi amigo solo pagaba dos euros a su mendigo. “¿Y eso desde cuándo?”. Le pregunté, extrañado. “Desde siempre”. Su respuesta me dejó patidifuso. “¿Cómo? ¿No te lo ha subido nunca?”. No me lo podía creer… Mi amigo se ofreció a presentarme a su mendigo. “Si te convence puedes dejar al tuyo y compartimos el mío”. Me pareció una oferta tentadora, aunque inmediatamente rehusé. No, yo no podía hacer eso a mi mendigo, con el que ya tenía una relación tan larga. Yo no era de esa clase de desalmados que van por ahí cambiando de mendigo como si tal cosa. No… No podía ser…


Pese a todo acepté ir a ver a su mendigo. “Solo por curiosidad” me dije. Los dos primeros minutos todo fue bien. Una charla agradable. Aceptó mis dos euros sonriendo, pero luego pasó algo terrible. Algo que lo cambió todo: me pidió un cigarro. Naturalmente me ofendí todo lo que una persona decente se puede ofender. “¡Un cigarro”, “¡pero cómo se atreve!”. Mi amigo también estaba indignado. No se esperaba eso de su mendigo. ¡Vaya desfachatez!


“Deberías dejarlo inmediatamente. Te puedes venir a mi calle. Allí puedes estar seguro de que no te pasará esto”, le dije. Se lo pensó un momento, pero declinó mi ofrecimiento. “No puedo abandonarlo, se lo tomaría muy mal”. Sí, le entendía bien. Nos despedimos amablemente y ahí acabó nuestra amistad.



martes, 13 de enero de 2026

 








EL RESPLANDOR



El resplandor era muy sutil. Casi no se apreciaba. Parecía un reflejo al fondo del pasillo. Unas ráfagas de un coche, una farola huérfana, la luna última de la madrugada. No sé sabía bien. Se veía sólo a ratos. Sólo un momento. Los ojos dudaban. Parecía nada. Parecía una ilusión. Encendías la luz, andabas por el pasillo, llegabas a la curva y la doblabas… y nada, no había nada. Cruzabas el comedor y te asomabas a la ventana… y nada, no había nada. 

El resplandor volvía al día siguiente. O al otro. O al otro. Nunca se sabía cuándo. Era muy suave, casi no se notaba. Duraba sólo un momento. Parecía algo, un reflejo, una luz tibia que venía de algún sitio. Pero no, no era nada. Una ilusión. Nada más que una ilusión. Y luego, otro día, volvías a verlo. Justo cuando ibas a salir de casa, ya en el vestíbulo, con las luces apagadas, de madrugada, justo antes de ir al trabajo.

Los ojos dudaban. Los pies dudaban. Las manos dudaban. ¿Cerrar la puerta o volver dentro? ¿Quedarse ahí o andar hacia la calle? Era un minuto, menos de un minuto, unos pocos segundos. Luego nada. No había nada. ¿Una mancha de luz que deja la noche? ¿Una sombra de luz que dejan las bombillas al dormirse, después del velatorio de la luna?

Nada, no era nada. Pero estaba. Estaba ahí, en algún punto al final del pasillo, justo antes de la curva. En esa casa que no era tuya y que se empeñaba en recordártelo algunas mañanas, con suavidad, sin violencia. Tú eres el extraño aquí. Tú eres el viajero aquí.